Oribe Peralta, goleador de México en Londres
Foto: Mexsport
A unos 50 metros de la cancha de futbol, en el rincón de la calle Los Solares, Oribe, el Oribe que hoy pisa la catedral del futbol, vio pasar su niñez y una parte de su adolescencia. Vivió bajó una casa de adobe soñando con llevar a su padre Miguel Ángel Peralta a un mundial de futbol. Los vecinos, todos, tienen la imagen del niño con cabellos de puerco espín, güero como asquel (asquel era uno de sus apodos de niño), sujetando un balón y con la inquietud e hiperactividad de quien se quiere comer al mundo.
Pero lo que comía el niño Oribe era la travesura y el futbol. Juan Manuel Gutiérrez y María Santos Rodríguez, pareja y vecinos de la familia Peralta Morones, recuerdan a Oribe armando porterías con piedras sobre la calle terrosa y quebrando las macetas de su casa al grito de gol. "Era un niño 'brincón'", dice su vecino mientras aspira un cigarrillo. "Era muy amiguero, le gustaba convivir con los chavos pero siempre para jugar, donde se parara era puro juego", platica su tía Verónica. El Oribe de nueve años ve el primer subcampeonato del Santos Laguna y le adelanta a la familia que él será campeón con el equipo. Y su palabra desde entonces era ley, tanto que el niño Oribe solía apostar que se rapaba la cabellera con tal que los amigos le invitaran unas papitas y un refresco.
Oribe Peralta es el mayor de cuatro hermanos. Estudió la primaria en el rancho y la secundaria en una escuela de la zona urbana. Sus amigos terminaron siendo sus primos: Más de 40 primos tiene entre la familia Peralta y Morones, todos oriundos de La Partida.
Entre los primos que crecieron a lado de él está Gaby, quien cuenta que el Oribe de 10 años solía treparse a los árboles, bañarse en la noria del rancho y correr hasta el estanque abandonado, que en otros años abastecía a la comunidad de agua.
El niño Oribe solía caminar hasta la entrada del rancho y llegar a casa de su abuela donde se reunían los primos. Montaban sus porterías con rocas y pateaban el esférico en el llano de una comunidad de cerca de cinco mil habitantes. "Schuster", le gritaban a Oribe por su cabello rubio como el futbolista alemán Bernd Schuster que llegó a jugar para los Pumas de la UNAM; aunque su ídolo siempre fue Ronaldo, el brasileño dos veces campeón del mundo.
Oribe, recalca su mamá Julieta Morones, se descalabró, se raspó, se cortó, se rompió la boca; quemó un altar y parte de un techo, llegó un día con una víbora y cuando se cansaba de jugar, le pedía un aventón a un vendedor de verduras que pasaba en su carromato, mientras Oribe tomaba el megáfono y mandaba saludos a sus cuates. Al llegar a su casa pedía por tortillas de harina y papas con chile.
Talentoso, para todo
La familia Peralta Morones nació sin dinero. Tan así, que el Oribe de nueve años aprendió a parchar los balones cuando se ponchaban, los abría como si fuera cualquier llanta de bicicleta y los traía de vuelta al juego. Esto porque el niño Oribe aprendió desde temprano que sólo en Navidad recibiría un balón y un par de zapatos de futbol.
El padre, Miguel Ángel Peralta, intentó ser futbolista profesional pero su carrera se truncó en la Tercera División. La madre Julieta se dedicó al hogar. El papá de Oribe tiene más de 20 años como operador del Simas rural y toca en el grupo "La Quinta clave de los hermanos Peralta", donde a la fecha ameniza con sus hermanos.
El Oribe Peralta de 12 años era aquel que acompañaba a su papá cuando los contrataban en alguna fiesta. Ayudaba a poner el escenario, instalaba las luces y la tarima y miraba a su viejo tocar el saxofón.
Pero al igual que su padre se lo llevaba a las presentaciones, así iba a ver los juegos de la Liga Ranchera, un torneo añejo que se juega entre comunidades y ejidos y donde muchas veces se juega el honor entre los ranchos.
Federico Sifuentes Peralta, "Pitayo", lo conoce desde pequeño. "Lo que vemos ahora de Oribe siempre lo tuvo desde chico, un balón perdido nunca lo dio como perdido. Así era a sus 12 años. El futbol era todo, siempre ha sido así", asegura "Pitayo", su primer entrenador en el equipo "Los Vagos", también su primer equipo.
"Pitayo" narra que un domingo, en un juego en el ejido La Paz de categoría libre, llevó a Oribe de apenas 13, 14 años. El juego estaba empatado a cero goles y faltaban 10 minutos. Miró a Oribe, aún manso, frágil a comparación de los 22 que estaban en el terreno; tipos de 20, 25 años. Dudó por segundos y en un arrebato le consiguió unos tachones que le quedaron grandes y lo mandó a la cancha. Oribe marcó el gol de la victoria.
Afirma "Pitayo" que Oribe llegó a meter más de 50 goles en un torneo. Miguel Peralta, primo y compañero de equipo en ¿Los vagos¿, rememora que Oribe tenía tantas energías, que se aventaba dos juegos el domingo y anotaba en los dos, luego lo invitaban de otros ranchos para que jugara con ellos y le pagaban.
"Era muy decidido y nos decía que él iba a sobresalir. Siempre fue muy aferrado, nunca bajó bandera", platica Miguel desde las butacas de cemento del llano que vio nacer a Oribe.
El Oribe de 15 años ya estaba decidido a intentar llegar al profesionalismo, pero su mamá le exigía que estudiara. El quinceañero Oribe se levantaba de lunes a viernes a las seis de la mañana, tomaba un camión y cruzaba la comarca Lagunera hasta llegar a la escuela de futbol del Cesifut, en Lerdo, Durango. Al terminar su entrenamiento hacía la tarea de la prepa y tomaba otro autobús hasta el Conalep en Torreón. Cuando concluía sus clases volvía a la parada del transporte para que lo llevara de vuelta a su casa en La Partida. Llegaba después de las 10 de la noche a dormir.
Nomás duró un año así, luego que la selección sub 17 de México vino a la Comarca a jugar un encuentro contra la escuela del Cesifut. A sus 16 años, Oribe les marcó dos goles un 29 de agosto de 2000, y entonces empezó a atraer los reflectores. 12 años después, el Oribe de 28 años tiene una espeluznante marca: 45 goles en los últimos 10 meses y cinco finales jugadas en el mismo periodo: panamericanos, dos de liga, una de Concacaf y la de hoy por la medalla de oro de los Juegos Olímpicos. Del llano a Wembley.
- Terra México



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